Después de una pérdida profunda, reír parece imposible.
Lo que más me costó después de perder a Arnau fue volver a reírme a
carcajadas. Aunque ya me sentía un poco mejor, aunque la vida empezaba a
encontrar su ritmo, no me salía. Era como si me hubiera olvidado de cómo se
hacía. Como si mi cuerpo recordara el dolor, pero no la alegría. Y eso también
duele.
Duele darte cuenta de que incluso los gestos más cotidianos —reír, cantar,
bailar, comer, dormir—parecen pertenecer a otra vida, a una persona que ya no
eres.
Durante mucho tiempo me sentía culpable por no poder reír. Y más tarde,
también me sentí culpable por hacerlo. Como si reír significara olvidar, o como
si la felicidad estuviera prohibida después de tanto dolor.
El tiempo, con su manera silenciosa de sanar, me enseñó que la risa regresa
cuando el alma está lista. No se fuerza. Llega sola, sin avisar. Y cuando
vuelve, sorprende.
Porque ya no es la misma risa de antes, ahora nace desde un lugar más
profundo, más consciente, más agradecido.
Una risa que no borra la tristeza, pero que convive con ella, como si ambas
hubieran aprendido a sostenerse.
Hoy sé que reír no es una traición, es un acto de amor hacia la vida, hacia
quien se fue y hacia uno mismo.
Es permitir que el alma respire. Es recordar con más luz, y permitirte seguir
viviendo con todo lo que sientes y con todo lo que eres.



