Hay pérdidas que te obligan a redefinir lo importante.
Cuando todo se detiene, descubres que la vida no se mide por lo que tienes, sino por
lo que das, lo que compartes, lo que amas. Y por lo que eres.
Durante mucho tiempo creí que la vida se medía por lo que conseguimos: los logros,
los proyectos, las cosas materiales que vamos sumando en el camino.
Pero el duelo me enseñó que estaba muy equivocada.
Cuando pierdes lo que más amas, todo lo demás pierde importancia. De pronto, nada
material puede sostenerte. Y te das cuenta de que lo verdaderamente valioso no está
fuera, sino dentro: en quién eres, en cómo amas, en cómo acompañas y en la huella
que dejas en los demás.
Las cosas se rompen, se pierden, cambian, pero tu esencia permanece. Permanece tu
manera de mirar, tu forma de cuidar, de sentir y de hacer sentir.
Aprendí que la vida no se trata de acumular, sino de aprender a soltar.
De soltar las cosas, las expectativas, las certezas…y quedarte con lo que realmente
importa.
Al final, no somos lo que tenemos.
Somos lo que damos, lo que sentimos,
lo que dejamos en los corazones que tocamos.
Y eso, es lo único que nunca se pierde.

