El día siguiente al fallecimiento

El día después

Recuerdo el día después de que Arnau falleciera.

El mundo parecía seguir como si nada.

Miraba por la ventana y veía cómo la vida seguía:
la gente iba a trabajar, los niños corrían, alguien reía en la calle, otro cerraba una
puerta con prisa. Y yo, quieta, sin entender.

¿Cómo podía el mundo seguir girando si el mío se había detenido por completo?

Ese contraste duele.

Duele ver que todo sigue cuando dentro de ti todo se ha parado.
Duele sentir que respiras porque toca, no porque quieres.
Duele escuchar la vida moverse fuera, cuando por dentro todo está en silencio.

El día después es ese instante entre lo que fue y lo que ya nunca más será. Un lugar
desconocido en el que nada encajaba, nada tenía sentido.

Parecía como si el tiempo avanzara sin mí. Creía que nunca volvería a sentirme parte
del mundo. Que mi vida se había quedado detenida en ese momento exacto. Pero el
tiempo, con su delicadeza invisible me enseñó a sostenerme. A querer volver a
respirar, aunque doliera. A volver a mirar la vida, no con el mismo corazón, pero sí con
el mismo amor.

Hoy ya no miro por aquella ventana. Nos mudamos, y con el cambio de casa también
cambiaron las vistas. Ahora miro desde otro lugar, con otra mirada, pero siempre con
él en mí.