Reconocerse en el duelo

Volver a reconocerte

Recuerdo aquellos días en que me miraba al espejo y no me reconocía.

Veía sólo tristeza, veía cansancio, veía dolor.

Era como si mi reflejo fuera una extraña que cargaba con todo lo que me había
pasado.

Durante mucho tiempo evité mirarme.

No quería encontrarme con esa mirada vacía,
ni con la sensación de haber perdido no solo a quien amaba,
sino también una parte de mí.

El duelo no sólo cambia lo que ves fuera,
también transforma lo que ves dentro.

Tu rostro, tu cuerpo, tus gestos… todo parece diferente.

Y no porque hayas dejado de ser tú,
sino porque estás aprendiendo a convivir con una versión nueva de ti misma,
una que nació del amor, del dolor y de la ausencia.

Reconciliarte contigo después de una pérdida lleva su tiempo.
Y con ese tiempo, descubrí que mi reflejo no estaba roto,
solo estaba cansado, intentando sostenerme como podía.

Esa mujer que veía en el espejo era yo,
sobreviviendo, aprendiendo, respirando como podía cada día.

Hoy puedo mirarme de nuevo sin huir.

No porque el dolor haya desaparecido,
sino porque aprendí a abrazar a la persona que fui en medio de él.

Si hoy tú estás ahí, frente a tu reflejo, sin reconocerte,
no tengas prisa.

Reconciliarte contigo lleva su tiempo y merece todo tu cariño.

Tu reflejo volverá a encontrarte. No lo dudes.

Y cuando lo haga, verás que en esa mirada también vive la fuerza que te ha traído
hasta aquí.

emociones-duelo

Emociones

No me da miedo mostrar mis emociones.

Hubo un tiempo en que pensaba que debía ocultarlas, que si lloraba demasiado incomodaba, que si mostraba mi rabia o mi tristeza estaba siendo débil. Me pedía perdón por sentir, como si mis emociones fueran una carga para los demás.

Con el tiempo, entendí que esconder lo que sentía era una forma de herirme a mí misma.

Aprendí que mis emociones no son enemigas, sino mensajeras. Que cada lágrima, cada momento de vacío, cada silencio, habla del amor que viví y de la ausencia con la que ahora camino. Y que no necesito disculparme por sentir: mis emociones son parte de mí, de lo vivido y de lo que aún sigo viviendo.

La luz que hoy llevo no llegó sola. No nació de la calma ni de lo fácil.

Viene de la oscuridad más profunda, de noches interminables, de momentos en los que no sabía cómo seguir. Viene de cada paso que di con el corazón roto, con miedo, con dudas, pero también con amor.

No siempre fue fácil, ni bonito. A veces fue duro, solitario, confuso.

Pero fue real. Y esa verdad, aunque dolorosa, me fue transformando.

Hoy sé que mostrar mis emociones no me hace menos fuerte: me hace más humana.

Sé que la vulnerabilidad es una forma de coraje. Y sé que, aunque el dolor nunca desaparece del todo, hay un camino donde la vida vuelve a florecer.

Por eso, si estás ahí, leyendo estas palabras, sintiendo demasiado o sintiendo nada, quiero decirte algo sencillo pero verdadero: no estás solo/a.

Tu dolor no te define. Tus emociones no son un error.

Hay vida después del dolor.

Y también hay amor.

Un amor que nunca muere, que cambia de forma pero que sigue sosteniéndonos.

Gracias por estar aquí, por abrir un espacio a estas palabras.

Ojalá este rincón sea para ti un recordatorio de que sentir no es debilidad, que llorar también es sanar, y que incluso en la oscuridad más profunda puede volver a encenderse la luz.